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MANUEL CABALLERO AGUEROCABALLERO

Habita un pequeño apartamento en la urbanización Santa Fe Norte. Nunca está solo. Lo acompañan un centenar de imágenes y tallas populares de la milagrosa Divina Pastora, varios centenares de libros, todos leídos, su indispensable computadora y un millón de recuerdos, entre ellos los de su esposa, la poetisa Hanni Ossot, fallecida el 31 de diciembre de 2002. Pero siempre está trabajando en sus ambiciosos proyectos literarios o en sus lucidos artículos iconoclastas para los periódicos, aunque es activo un profesor jubilado de la Universidad Central de Venezuela.
Ese es Manuel Caballero (Barquisimeto, 5 de diciembre de 1931), polémico historiador y periodista, autor de más de 50 libros sobre historiografía, política y literatura; miembro de varias academias nacionales e internacionales, ganador de codiciados premios y hasta ahora es el único criollo publicado en la Universidad de Cambridge, donde se doctoró con una tesis sobre la Internacional Comunista y la revolución latinoamericana.
Su más reciente texto, Contra la abolición de la historia, de 196 paginas, publicado por la Editorial Alfa, debe ser leído y digerido por tirios y troyanos porque compila “un conjunto de hipótesis, de proposiciones, sobre la historia del siglo XX venezolano”, las cuales son verificables o no, “como debe ser siempre una proposición que aspira a una cierta validez científica”. Aunque este autor, férreo opositor al paternalismo de Estado, sueña que ellas abran un debate y “no cerrarlo”.
“Contra la abolición de la historia”, “Maldición y elogio del sigo veinte”, “Libertad e igualdad: ¿hermanos enemigos”, “Un nación y un continente”,”Un hombre, no un dios”, “El Betancourt histórico y el Betancourt historiador” y “Visión y testimonio del siglo XX” son los capítulos o temas de la publicación, donde reconoce que, tras abandonar al Escuela de Derecho de la UCV, inició sus estudios de historia accidentados primero y sistemáticos luego, que, al correr de los años “me llevaron a la docencia universitaria, y a escribir algunos libros. Puedo decir que, para mí peor sobre todo para el país, no fueron, aquellos, años de serenidad académica: fueron años de una rebeldía permanente”.
Se convirtió en historiador por un sencillo afán de conocimientos. “Nosotros no nacemos por generación espontánea, nacemos con una historia familiar y con la historia de un país. Estudió historia para pretender explicarme la razón de ser. Así como no se puede vivir sin memoria, así tan poco se puede vivir sin historia, la cual no es otra cosa que la memoria colectiva de los pueblos”.
No está de acuerdo con el japonés, nacido en Chicago, Francis Fukuyama, quien afirma que la historia como la lucha contra las ideologías ha concluido y que ahora se vive una etapa donde la política y la economía neoliberal se imponen a las utopías, tras el fin de la guerra fría. “Su tesis se basa, un poco, en la dialéctica hegeliana y de cierto modo en los planteamientos de Marx, quien enseña que la historia de la humanidad es la saga de la lucha de clases, pero llega un momento en que esta desaparece por el triunfo del proletariado, y es ahí cuando verdaderamente comienza la historia, porque lo que se vivió antes era la prehistoria. Los planteamientos de Fukuyama son absurdos, ya que la historia es la memoria colectiva de los pueblos. Además, el florentino Dante Alighieri enseña que no hay nada mejor que recordar en tiempos de amargura los momentos felices”.
Sobre la historiografía venezolana reitera que ha pasado por varios etapas: la romántica o la historia oficial, donde solamente hay héroes, superhombres o ángeles militares; pero se empezó a romper con los positivistas, quienes le dieron un vuelco, aunque estaban bajo la férula del Benemérito, y ahora hay una etapa que gira todo en torno a Bolívar, pero haciendo énfasis en las condiciones militares del Libertador; eso es aburrido por la reiteración de las fechas de las batallas y por las citas de sus supuestos momentos memorables.
Abolición
Manuel denuncia en su libro que hay un movimiento fascista a la venezolana cuyo objetivo final es la abolición de la historia para sustituirla por la leyenda y el mito y para borrar de ella a su principal actor: el colectivo. Esto puede parecer una exageración, un disparate: ¿es posible que haya quien sea tan descocado como para pretender que se pueda abolir la historia, que se pueda tapar el sol con un dedo? Digamos antes que nada que los venezolanos no tenemos ni la exclusividad ni la originalidad de ese propósito. En general, se trata de una invención de los regímenes totalitarios, pero muy en especial del fascismo alemán. En su condición de ocupante de la Francia vencida, Herman Goering lo expresaba así en 1940: ‘se debe borrar el año 1789 de la historia’ Y apunta que todo ese se hace porque se pretende reducir a los venezolanos al estado de niñez mental. “Acríticos, sumisos si bien llorones, obedientes al Padre Protector, crueles y despiadados. Sobre todo, como no tienen historia, no tiene porque recordarla: están entonces, diría Santayana, condenados a repetirla”.